— Me
intrigas.
— No te
creo.
— Nunca me
crees.
Y esa fue
la última conversación que tuvimos. Nunca jamás volvimos a hablar.
Mi nombre
es Rober, tengo 33 años. Soy de Madrid,
y tengo un hecho incapaz de superar.
Ella era
Virginia, una chica alocada de 26 años, ¡benditos 26 años! Una chica alegre,
atenta, pero loca. Era la mujer de mi vida. Pero yo no quise verlo, hasta que
fue demasiado tarde para darme cuenta de lo que había perdido. A sabiendas de
lo que dejé de ganar.
La primera vez que la vi fue en la calle. Yo estaba doblando una esquina cuando me choqué con ella, se le cayó la carpeta y todos sus dibujos quedaron esparcidos por el suelo.
Ella se agachó a recogerlos, y me agache automáticamente pero no para ayudarla, sino para mirarla. No dijimos nada, estaba embelesado, ella me sonrió, aunque de mala gana. Se marchó.
Me quedé un rato observando como desaparecía ante mi vista.
La siguiente vez que la vi, fue en una discoteca.
Estaba con mis amigos, celebrando un cumpleaños. Me dirigía hacia la barra a pedir una birra más y allí la vi. Ella ya había pedido su copa. Iba hacia algún lugar. Intenté acercarme, pero había demasiada gente y se esfumó entre la muchedumbre.
Nuestro
tercer encuentro fue en el metro.
Estaba sentado en el extremo de un vagón, me quedaban aún cinco paradas para bajar. Yo iba con el móvil, pero instintivamente levanté la vista mirando hacia el otro extremo del vagón y allí la vi. Nos quedaba poco para la siguiente estación. Estaba nervioso. Ella no me había visto, llevaba sus casos y parecía inmersa en su mundo.
Cuando me decidí a ir vi que alguien estaba junto a ella, un chico.
Se me cayeron las ilusiones haciéndose mil pedazos.
Estaba sentado en el extremo de un vagón, me quedaban aún cinco paradas para bajar. Yo iba con el móvil, pero instintivamente levanté la vista mirando hacia el otro extremo del vagón y allí la vi. Nos quedaba poco para la siguiente estación. Estaba nervioso. Ella no me había visto, llevaba sus casos y parecía inmersa en su mundo.
Cuando me decidí a ir vi que alguien estaba junto a ella, un chico.
Se me cayeron las ilusiones haciéndose mil pedazos.
El cuarto
fue en una fiesta en la casa de mi amiga Laura.
Era una casa grande, y había mucha gente, así que decidí salirme a la terraza a fumarme un cigarro y allí estaba, recostada con los brazos sobre el poyete mirando la luna, me puse relativamente cerca, pero no lo suficiente para que no pudiese verme, quería observarla, memorizar su cara. Fui a encenderme el pitillo pero no llevaba mechero, así que haciendo de tripas corazón me acerqué a ella.
Era una casa grande, y había mucha gente, así que decidí salirme a la terraza a fumarme un cigarro y allí estaba, recostada con los brazos sobre el poyete mirando la luna, me puse relativamente cerca, pero no lo suficiente para que no pudiese verme, quería observarla, memorizar su cara. Fui a encenderme el pitillo pero no llevaba mechero, así que haciendo de tripas corazón me acerqué a ella.
— Perdona,
¿me das fuego?
Sin
mirarme, extendió la mano con el mechero, llevaba las uñas y los labios del mismo color, un rojo intenso. Desprendía
un olor embriagante.
— Gracias
Se giró sonriendo
y cuando me vio…
— ¡Tú!
Me puse
del mismo color que sus labios, mientras me comenzaba a temblar todo el cuerpo.
Sonreí agachando la cabeza.
— Tú me
tiraste los dibujos, tú te chocaste conmigo
— Vaya,
tienes buena memoria
Empezamos
los dos a reírnos.
— Me llamo
Rober
— Virginia
Aquella
sonrisa fue de las más bonitas que he visto en mi vida. Pero soy una persona
introvertida y hermética. Así que comencé con mi escudo.
— Bueno,
ahora nos vamos a las Vegas y asunto solucionado.
Ella se
rió con ganas.
— ¿A las
Vegas? ¿A qué?
— ¿No
tendré que decírtelo todo no?— Y adopté mi cara de adonis.
Volvimos
a reinos ambos.
Jugueteo con un mechón de su pelo y se acercó a mi oído y me dijo:
Jugueteo con un mechón de su pelo y se acercó a mi oído y me dijo:
— Antes de
correr hay que aprender a andar.
Y se
marchó, sin más. Me quedé allí reflexionando sobre la frase y terminando mi
cigarro. Supuse que como estaba en la fiesta, tendría oportunidad de dar una buena
contestación, una a la altura de aquella sentencia que había lanzado, pero no,
ella ya no estaba.
Seguí en
la fiesta, pero mi cabeza no estaba allí, ahora se me ocurrían mil cosas que
decirla, pero ya era tarde. Todos allí estaban ya afectados por el alcohol y yo
no me sentía con mucha gana de fingir estar ahí.
De pronto
caí en la cuenta que alguien la conocería. Le pregunté a mi amiga.
— Oye
Laura, ¿quién era esa chica de vestido negro, y pelo y labios rojos?
— Uy, uy,
uy, ¡el Rober se nos ha enamorao! —Dijo gritando haciendo que todos me mirasen.
Puse mi
cara de póker.
— Laura no
empieces que nos conocemos, ¿o acaso quieres que hable yo de un tal Iván?
Laura
paró de reír y haciéndome muecas con la cara me dijo:
— Se llama
Virginia, tiene 26 años y era compañera mía del curso que hice de fotografía.
Ya tenía
lo que quería, Laura y yo éramos como hermanos, llevábamos juntos desde
preescolar, y sabíamos casi todo el uno del otro, teníamos demasiada confianza,
pero no sé si tanta como para lo que estaba a punto de hacer.
Me fui a
su habitación, y busque en su bolso su teléfono móvil. Conociendo a Laura como
la conocía si no estaba ahí lo tendría bajo la almohada. Teníamos tanta
confianza que me sabía su patrón de desbloqueo. Así que sin pensar, lo
desbloqueé, me fui a su agenda, localicé el teléfono de Virginia, me lo grabé
en mi móvil, salí de la habitación como si nada, fui a excusarme con que quería
fumarme un cigarro, y salí.
Entré en
la aplicación del móvil donde puedes hablar con los demás de forma gratuita
para ver si tenía una foto de perfil puesta. Y sí. Virginia sentada en un
banco, rodeada de árboles, y bajo la lluvia. En su estado un mensaje: “my own
way”.
Quizá
fueron las cervezas de más que llevaba esa noche, pero la escribí.
“Vámonos
a las Vegas esta noche”
Estuvimos
unos días hablando, pero ella parecía ocupada, yo no sabía cómo captar su
atención de la misma forma en que ella había atrapado la
mía.
En unas
semanas, mis miedos más profundos se apoderaron de mí. Mi comportamiento con
ella cambió, no fue intencionadamente, pero me contradije, estaba cagado de
miedo, de mis miedos, de mis fracasos, y no, no lo hice bien.
A veces había frases que me hacían pensar que tal vez yo le interesase como ella me interesaba a mí, pero yo no la creí, nunca la creí, aunque siempre deseé que todo aquello que me decía fuera verdad.
A veces había frases que me hacían pensar que tal vez yo le interesase como ella me interesaba a mí, pero yo no la creí, nunca la creí, aunque siempre deseé que todo aquello que me decía fuera verdad.
Hasta
aquella noche. Después de haber hablado, y no sin haber parecido estúpido, ella
me dijo:
—Me
intrigas.
—No te
creo.
—Nunca me
crees.
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