martes, 13 de enero de 2015

A las Vegas



—   Me intrigas.
—   No te creo.
—   Nunca me crees.
Y esa fue la última conversación que tuvimos. Nunca jamás volvimos a hablar.
Mi nombre es Rober, tengo 33 años.  Soy de Madrid, y tengo un hecho incapaz de superar.
Ella era Virginia, una chica alocada de 26 años, ¡benditos 26 años! Una chica alegre, atenta, pero loca. Era la mujer de mi vida. Pero yo no quise verlo, hasta que fue demasiado tarde para darme cuenta de lo que había perdido. A sabiendas de lo que dejé de ganar.

La primera vez que la vi fue en la calle. Yo estaba doblando una esquina cuando me choqué con ella, se le cayó la carpeta y todos sus dibujos quedaron esparcidos por el suelo.
Ella se agachó a recogerlos, y me agache automáticamente pero no para  ayudarla, sino para mirarla. No dijimos nada, estaba embelesado, ella me sonrió, aunque de mala gana. Se marchó.
Me quedé un rato observando como desaparecía ante mi vista.

La siguiente vez que la vi, fue en una discoteca.
Estaba con mis amigos, celebrando un cumpleaños. Me dirigía hacia la barra a pedir una birra más y allí la vi. Ella ya había pedido su copa. Iba hacia algún lugar. Intenté acercarme, pero había demasiada gente y se esfumó entre la muchedumbre.

Nuestro tercer encuentro fue en el metro.
Estaba sentado en el extremo de un vagón, me quedaban aún cinco paradas para bajar. Yo iba con el móvil, pero instintivamente levanté la vista mirando hacia el otro extremo del vagón y allí la vi. Nos quedaba poco para la siguiente estación. Estaba nervioso. Ella no me había visto, llevaba sus casos y parecía inmersa en su mundo.
Cuando me decidí a ir vi que alguien estaba junto a ella, un chico.
Se me cayeron las ilusiones haciéndose mil pedazos.
El cuarto fue en una fiesta en la casa de mi amiga Laura.
Era una casa grande, y había mucha gente, así que decidí salirme a la terraza a fumarme un cigarro y allí estaba, recostada con los brazos sobre el poyete mirando la luna, me puse relativamente cerca, pero no lo suficiente para que no pudiese verme, quería observarla, memorizar su cara. Fui a encenderme el pitillo pero no llevaba mechero, así que haciendo de tripas corazón me acerqué a ella.
—   Perdona, ¿me das fuego?
Sin mirarme, extendió la mano con el mechero, llevaba las uñas y  los labios del mismo color, un rojo intenso. Desprendía un olor embriagante.
—   Gracias
Se giró sonriendo y cuando me vio…
—   ¡Tú!
Me puse del mismo color que sus labios, mientras me comenzaba a temblar todo el cuerpo. Sonreí agachando la cabeza.
—   Tú me tiraste los dibujos, tú te chocaste conmigo
—   Vaya, tienes buena memoria
Empezamos los dos a reírnos.
—   Me llamo Rober
—   Virginia
Aquella sonrisa fue de las más bonitas que he visto en mi vida. Pero soy una persona introvertida y hermética. Así que comencé con mi escudo.
—   Bueno, ahora nos vamos a las Vegas y asunto solucionado.
Ella se rió con ganas.
—   ¿A las Vegas? ¿A qué?
—   ¿No tendré que decírtelo todo no?— Y adopté mi cara de adonis.
Volvimos a reinos ambos.
Jugueteo con un mechón de su pelo y se acercó a mi oído y me dijo:
—   Antes de correr hay que aprender a andar.
Y se marchó, sin más. Me quedé allí reflexionando sobre la frase y terminando mi cigarro. Supuse que como estaba en la fiesta, tendría oportunidad de dar una buena contestación, una a la altura de aquella sentencia que había lanzado, pero no, ella ya no estaba.
Seguí en la fiesta, pero mi cabeza no estaba allí, ahora se me ocurrían mil cosas que decirla, pero ya era tarde. Todos allí estaban ya afectados por el alcohol y yo no me sentía con mucha gana de fingir estar ahí.
De pronto caí en la cuenta que alguien la conocería. Le pregunté a mi amiga.
—   Oye Laura, ¿quién era esa chica de vestido negro, y pelo y labios rojos?
—   Uy, uy, uy, ¡el Rober se nos ha enamorao! —Dijo gritando haciendo que todos me mirasen.
Puse mi cara de póker.
—   Laura no empieces que nos conocemos, ¿o acaso quieres que hable yo de un tal Iván?
Laura paró de reír y haciéndome muecas con la cara me dijo:
—   Se llama Virginia, tiene 26 años y era compañera mía del curso que hice de fotografía.
Ya tenía lo que quería, Laura y yo éramos como hermanos, llevábamos juntos desde preescolar, y sabíamos casi todo el uno del otro, teníamos demasiada confianza, pero no sé si tanta como para lo que estaba a punto de hacer.
Me fui a su habitación, y busque en su bolso su teléfono móvil. Conociendo a Laura como la conocía si no estaba ahí lo tendría bajo la almohada. Teníamos tanta confianza que me sabía su patrón de desbloqueo. Así que sin pensar, lo desbloqueé, me fui a su agenda, localicé el teléfono de Virginia, me lo grabé en mi móvil, salí de la habitación como si nada, fui a excusarme con que quería fumarme un cigarro, y salí.
Entré en la aplicación del móvil donde puedes hablar con los demás de forma gratuita para ver si tenía una foto de perfil puesta. Y sí. Virginia sentada en un banco, rodeada de árboles, y bajo la lluvia. En su estado un mensaje: “my own way”.
Quizá fueron las cervezas de más que llevaba esa noche, pero la escribí.
“Vámonos a las Vegas esta noche”
Estuvimos unos días hablando, pero ella parecía ocupada, yo no sabía cómo captar su atención de la misma forma en que ella había atrapado la mía.
En unas semanas, mis miedos más profundos se apoderaron de mí. Mi comportamiento con ella cambió, no fue intencionadamente, pero me contradije, estaba cagado de miedo, de mis miedos, de mis fracasos, y no, no lo hice bien.
A veces había frases que me hacían pensar que tal vez yo le interesase como ella me interesaba a mí, pero yo no la creí, nunca la creí, aunque siempre deseé que todo aquello que me decía fuera verdad.
Hasta aquella noche. Después de haber hablado, y no sin haber parecido estúpido, ella me dijo:
—Me intrigas.
—No te creo.
—Nunca me crees.

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