martes, 21 de abril de 2015

Insistencia

Paula paseaba por las calles de Madrid, observaba cada detalle. Tenía suerte, era un día lluvioso y había poca gente.
Madrid le estaba regalando uno de sus mejores viajes.
Tonos grises, gotas que caían, buena temperatura y un paisaje de lo más enriquecedor. Muchísimos edificios antiguos a cada cual más bonito.
Llevaba ya dos horas caminando y preveía que le quedaban otras dos.


Estaba en la calle Arenal observando un edificio donde había una placa que indicaba que era la casa de El Ratoncito Pérez.

— Hola.
Paula se asustó.
— ¿Me hablas a mí?
— Sí, soy Mauro.
Y se lanzó a darla dos besos.
— Encantada, soy Paula.
— ¿Qué hace una chica tan guapa como tu sola por aquí?
Paula se sonrojó.
— Estaba viendo que aquí está la famosa casa de…
— El Ratoncito Pérez, si, conozco Madrid como la palma de mi mano.
— ¡Oh que bien! ¿Hay algo más por visitar por aquí?
— Se me ha ocurrido una idea, me das tu número de teléfono y quedamos el viernes y empezamos a conocer Madrid, sus sitios más interesantes, los rincones más escondidos. Y si quieres te enseño Madrid de noche y su fiesta.

A Paula le pareció buena idea, no conocía a nadie y podría ser una buena oportunidad para conocerlo y disfrutar. Además la compañía nunca estaba de más. Tal vez podría llevarse una amistad de Madrid.

Confirmaron que quedarían a las 15,00h en Antón Martín.

Esa noche Paula recibió un mensaje:
“Me has parecido una chica muy interesante y con mucha personalidad, estoy deseando que llegue el viernes”.
“Gracias :) tú también me has caído bien”.

Paula era más recatada para estas cosas.

Se puso a hacer sus cosas. Cuando fue a la cama volvió a mirar el móvil.
Tres llamadas pérdidas y dos mensajes. Todo de Mauro.

“Ya sé que es tarde. Quería oír tu voz de nuevo”
“Tengo tantas ganas de enseñarte Madrid…”

Hasta para Paula era mucho decir. Habían compartido quince minutos de su vida.
Pensó que sería mejor contestarle mañana, ahora ya era tarde.
Al día siguiente cuando ya se hubo despertado y hecho sus cosas y habiendo terminado de comer se acordó que no había contestado a Mauro.

Siete llamadas pérdidas. Cuatro mensajes.

“Quiero que veas todos los rincones de Madrid, te encantará”.
“Hoy hace buen día, ¿quieres que quedemos para tomar unas cervezas?”
“Paula....”
“Venga no te hagas la estrecha que tú también estas deseando verme”

Paula resopló. Y contestó:
“Hola Mauro, perdona, hasta el viernes estoy liada, tengo compromisos, nos vemos a las 15,00h en Antón Martín el viernes”

Sin más dejó el teléfono en la coqueta y se fue a leer.

Paula no leía, Paula devoraba libros. Cuando quiso darse cuenta era tarde, muy tarde. Antes de acostarse, móvil una vez más.
Catorce llamadas pérdidas. Dos mensajes.

“Estaba cerca de tu hotel, pensaba que podríamos haber ido a tomar unas cervezas, pero me dijeron que no estabas, mañana volveré a probar suerte. Descansa mi dulce Paula”

El segundo mensaje era más desconcertante aún.
“Disculpe señorita Paula, soy una empleada de este hotel, pero prefiero mantenerme en el anonimato, ha venido el hijo del dueño a buscarla, le he dicho que no estaba, ándese con cuidado, es un hombre peligroso”

Paula rompió su tranquilidad, aun pensando que se trataba de una broma.
Fue a la cama no sin dar vueltas por la habitación debatiendo si dar credibilidad a ese último mensaje o no.

A la mañana siguiente. Dos llamadas, cuatro mensajes.

“Paula a las 10 te recojo y vamos a desayunar”
“ya estoy llegando princesa mía”
“Vaya te has ido antes hoy también, vendré a la hora de comer. Necesito verte. Creo que me he... Tengo que decírtelo en persona”

“Señorita Paula por favor váyase, no sé cuánto tiempo más podré mentirle sin que me pillen alguien”

Paula llamó al número que aparecía en el mensaje. Pero un contestador automático avisó de que ese número no estaba disponible.

Paula hizo su maleta, se recogió un moño y salió corriendo.
Paula sentía miedo, temblaba.
Paula paseó hacia Atocha, pidió un billete hacia su ciudad.
Paula subió al tren, aliviada. Cerró los ojos. Respiró profundamente. Y los volvió a abrir para coger su libro, cuando escuchó:

— Paula vida mía, ¿pensabas irte sin mí?

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