Hay veces que vas por la calle y
ves a alguien que está sonriendo y te quedas prendado de esa sonrisa, eso es lo
que le pasó a Ágata.
Ágata iba caminando por una de las
calles más concurridas de la capital. La calle Fuencarral, justo estaba en el
cruce con Gran Vía, en ese gran paso peatonal. Se dirigía hacia Sol.
En aquel lugar, parada y rodeada
de tantísima gente, miraba a su alrededor, muchas caras serias, gente enfadada,
gente irritada, apática, triste, algún amago de sonrisa, pero solo había una
sonrisa, de las de verdad.
Una niña rubia de pelo rizado de
unos cinco o seis años agarrada a la mano de su madre. Unos ojos marrones muy
intensos y una nariz respingona perfecta en su cara.
Al otro lado de la calle,
muchísima gente también.
¿Sonriendo? Dos personas, una chica de unos dieciséis años encaramada al cuello
del que parecía ser su novio. ¿Él? Apático totalmente.
Y un chico de unos treinta y cinco
años, bien vestido, trajeado y con un maletín. Al teléfono. Por lo que Ágata
pensó que la persona al otro lado del aparato también sonreiría.
Nadie más, ni la propia Ágata.
Cruzó al otro lado de la calle,
sin chocar ni tropezar con nadie. Bajaba por Montera. Durante este trayecto,
tres sonrisas.
Un camarero que parecía estar llegando a un acuerdo con una prostituta. Un policía que sonreía a una joven. Y un joven ganándose la vida con un gran letrero en su torso y espalda, que sonreía a un compañero suyo de oficio.
En tan solo siete minutos se había
cruzado con cinco sonrisas de las de verdad. Pero ninguna era esplendida.
Ágata llegó a Sol y en la fuente
se paró a observar. Sentándose en los aledaños de la fuente.
Pasaron horas hasta que consiguió
su sonrisa, la que estaba buscando.
Aquella maravilla vino dada por
una señora de unos setenta y cinco años.
Un señor había pasado a gran
velocidad al lado de ésta, rompiendo su equilibrio y haciéndola tambalear, su
bolso fue a parar al suelo.
Un chico de unos veinte años con
apariencia “sospechosa” para algunos, ropa negra, rotos, cadenas, y pelos no
tan cortos como lo habitual, se había agachado
ipso facto a recoger el bolso de la mujer y a entregárselo mientras la preguntaba si se encontraba bien.
ipso facto a recoger el bolso de la mujer y a entregárselo mientras la preguntaba si se encontraba bien.
Aquella sonrisa de agradecimiento
llenó por completo a Ágata.
Quien satisfecha de su hallazgo, se fue a su casa, cogió su material y se dispuso a inmortalizar aquella sonrisa.
Quien satisfecha de su hallazgo, se fue a su casa, cogió su material y se dispuso a inmortalizar aquella sonrisa.
Una vez acabada y colocada en una
de las paredes de su casa, como el resto. Escribió una nota que guardaba en un
tarro junto a las demás:
“Gracias por regalarme tu sonrisa.
7 de octubre de 2003. Madrid”
7 de octubre de 2003. Madrid”
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