martes, 27 de enero de 2015

Dibujando sonrisas


Hay veces que vas por la calle y ves a alguien que está sonriendo y te quedas prendado de esa sonrisa, eso es lo que le pasó a Ágata.

Ágata iba caminando por una de las calles más concurridas de la capital. La calle Fuencarral, justo estaba en el cruce con Gran Vía, en ese gran paso peatonal. Se dirigía hacia Sol.

En aquel lugar, parada y rodeada de tantísima gente, miraba a su alrededor, muchas caras serias, gente enfadada, gente irritada, apática, triste, algún amago de sonrisa, pero solo había una sonrisa, de las de verdad.

Una niña rubia de pelo rizado de unos cinco o seis años agarrada a la mano de su madre. Unos ojos marrones muy intensos y una nariz respingona perfecta en su cara.

Al otro lado de la calle, muchísima gente también.
¿Sonriendo? Dos personas, una chica de unos dieciséis años encaramada al cuello del que parecía ser su novio. ¿Él? Apático totalmente.

Y un chico de unos treinta y cinco años, bien vestido, trajeado y con un maletín. Al teléfono. Por lo que Ágata pensó que la persona al otro lado del aparato también sonreiría.

 Nadie más, ni la propia Ágata.

Cruzó al otro lado de la calle, sin chocar ni tropezar con nadie. Bajaba por Montera. Durante este trayecto, tres sonrisas.

Un camarero que parecía estar llegando a un acuerdo con una prostituta. Un policía que sonreía a una joven. Y un joven ganándose la vida con un gran letrero en su torso y espalda, que sonreía a un compañero suyo de oficio.

En tan solo siete minutos se había cruzado con cinco sonrisas de las de verdad. Pero ninguna era esplendida.

Ágata llegó a Sol y en la fuente se paró a observar. Sentándose en los aledaños de la fuente.

Pasaron horas hasta que consiguió su sonrisa, la que estaba buscando.

Aquella maravilla vino dada por una señora de unos setenta y cinco años.

Un señor había pasado a gran velocidad al lado de ésta, rompiendo su equilibrio y haciéndola tambalear, su bolso fue a parar al suelo.

Un chico de unos veinte años con apariencia “sospechosa” para algunos, ropa negra, rotos, cadenas, y pelos no tan cortos como lo habitual, se había agachado
ipso facto a recoger el bolso de la mujer y a entregárselo mientras la preguntaba si se encontraba bien.

Aquella sonrisa de agradecimiento llenó por completo a Ágata.
Quien satisfecha de su hallazgo, se fue a su casa, cogió su material y se dispuso a inmortalizar aquella sonrisa.

Una vez acabada y colocada en una de las paredes de su casa, como el resto. Escribió una nota que guardaba en un tarro junto a las demás:

“Gracias por regalarme tu sonrisa.
 7 de octubre de 2003. Madrid”

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