Quizás en algún mágico bosque en el que la luna alumbraba todos y cada uno
de los rincones de tal maravillosa vista, alguien pensaba sobre que tejado
podía descansar, sobre cuál de ellos, podría ir a parar, cuál sería el que él o
su destino encontraría, o elegiría.
La vida se presentaba fácil, ahora
llegaba el momento en que debía dejar salir su lobo interior, no podía
retenerlo dentro más, oía su aullido desde lo más profundo de su ser, quería
salir, sabía que era el momento, sabía que aquella mujer lo vería, su lado más
salvaje, su estado natural, su esencia animal. La leona que ella llevaba dentro
pronto arrancaría de él su más preciado secreto, su mayor vicio.
Y es que no era lobo de una sola mujer,
para él todas ellas eran bellas. Todas las féminas le rodeaban, todas querían
unirse a su fiesta, pero llegaba el
momento de dejar salir al lobo, aunque para él su vida era el deporte, su
particular cacería noche tras noche.
Después de tanto trasiego podía
considerar una victoria haber retenido dentro ese sentimiento, guardando su
secreto dentro.
Se acercaba el momento, el tiempo
pasaba, el día llegaba y la noche se marchaba, el lobo debía salir. Mientras tú
y yo observábamos desde el tejado como sucedía.
El sol comenzaba a salir por el
horizonte, dibujando sombras proyectadas a nuestras espaldas. Desde lo alto del
tejado lo vimos.
Él derruido, sucumbido a la noche, yacía de rodillas sobre el claro del bosque, con los brazos extendidos en cruz. Ella pausadamente, como si de un baile se tratase, se aproximaba, puñal en mano.
Trató de poner resistencia, pero la
agarró con fuerza por la cintura, montándola sobre sí, desatando el deseo que
ardía dentro de él, consciente del final. Tras la culminación en éxtasis,
jadeando aún, la dejó caer suavemente. Ella sonriendo levantó el brazo y
agarrando su cabellera lo degolló a la vez que sonaba su último aullido. Le
abrió en canal sacando su corazón y envolviéndolo en un paño de seda blanco lo
guardó.
Despreocupada y lamiendo su puñal se
alejaba, mientras nosotros atónitos en el tejado nos mirábamos preguntándonos
si alguna vez olvidaríamos aquel aullido desconocido.
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