martes, 24 de marzo de 2015

Raíces


¿Por qué te sientes de un lugar al que ni tu ni tus antepasados has/habéis pertenecido?

Eso es lo que sentía Violeta, ella siempre había estado interesada en el tema de la brujería, desde pequeña le había pedido a su abuela que le contará aquellos relatos de sus antepasados, y por alguna razón ella se sentía de aquél pueblo, Güitchidbru. Nunca había estado y no conocía a nadie de allí. Pero sentía que pertenecía a esas tierras. 

Desde muy niña su abuela le había hablado de ese pueblo, contándole historias sobre las antiguas brujas que allí había. Era el único pueblo en todo el planeta donde nunca jamás habían matado a las brujas. Ni las torturaban ni las sacrificaban, ni siquiera acusarlas. Todos allí sabían de su existencia desde siempre, y aunque solo eran dos familias las que se consideraban asi solo las féminas poseían estos poderes. El resto del pueblo las pedía ayuda, y su magia era buena, blanca como ellos decían.

Hoy en día, no se creía en la existencia de las brujas, al menos no como antiguamente y como se hacía fuera de ese pueblo. 

Pero este año, Violeta había contratado un viaje para ir a visitar Güitchidbru, era un viaje largo, de más de 16 horas, pero llevaba meses planeando todo, estaba muy emocionada. Por fin, después de tantos años iba a poder conocerlo.  Cuando bajase del avión habría un coche esperándola, una familia con la que había conseguido contactar de una aldea cercana, se alojaría en su casa, por un precio justo, para nada razonable, pero justo. 

Y ese viaje comenzaba hoy,  su trayecto no tuvo ningún percance, y allí estaba Maurice esperándola, con un letrero “Bienvenida Violeta”.
Estaba tan entusiasmada que se había olvidado su bolso en el asiento del avión, pero una chica joven fue corriendo hacia ella justo antes de que cerrase la puerta del coche en el que se iba a marchar, se lo entregó, aunque ya no lo necesitaría.
 
Ya llegados al pueblo de Lambriuru, conoció a toda la familia con la que iba a pasar las próximas noches de su vida. Todos hablaban un francés perfecto, el suyo no es que fuese demasiado bueno, pero podía defenderse. Allí en la casa, nadie sabía de las intenciones de Violeta, y mientras no lo supiese estaría a salvo. Sabía que ruta tenía que tomar para ir andando hasta el pueblo al que quería ir, pero sabía que ocho horas andando eran demasiadas horas, así que inventó que la gustaría pasar una noche en el lago que había a unos kilómetros y dormir en su tienda de campaña. La creyeron, aunque no sonó creíble, o al menos eso pareció. Supongo que el dinero que iban a recibir por aquel acto era más importante que hacer averiguaciones indebidas acerca de Violeta.

Al tercer día emprendió su viaje, largo y pesado, pero era su ilusión. El camino fue duro, pero allí se encontraba, frente a Güitchidbru. Se le empañaron los ojos, y apretó con fuerza el colgante de su abuela fallecida hacía 3 meses. 
El pueblo parecía abandonado pues no había nadie en las calles, ni en las puertas. Con su cámara fue captando todas y cada una de las casas, hojas, piedras, y todo lo que encontraba. 

Agotada se sentó en la plaza, en un banco de madera vieja, pero con el encanto que tenía la ciudad. Parecía una ciudad sacada de un sueño, quizá un mal sueño, un sueño tétrico. 

Cerró los ojos, y se dejó llevar por todos los sonidos que estaban aconteciendo y embelleciendo ese momento. Hasta que notó una mano sobre su hombro. Sobresaltada pegó un brinco, miró a su alrededor, pero no había nadie. Tenía el pulso acelerado, pero se convenció de que habrían sido imaginaciones suyas. Volvió a sumergirse una vez más en sus pensamientos y sensaciones. Acordándose de su abuela la pareció escuchar su nombre y allí estaba una mujer mayor, sentada a su lado. 

— Violeta
— ¿Cómo ha dicho? ¿Cómo sabe usted mi nombre?
— Violeta, te estábamos esperando.
— ¿Quién me está esperando? ¿Por qué?

Mientras la señora la había cogido de la mano y la guiaba hacia una casa, semiderruida.

La sentó sobre una butaca y la puso un pañuelo en los ojos. Violeta sentía paz, era curioso cómo no estaba aterrada por lo bizarro de la situación, pero en ella había calma, sosiego. 

La mujer comenzó a contar toda la historia, desde hacía miles de años, de vez en cuando le daba a beber un líquido de un sabor desagradable, ella lo tomaba entre sus manos y bebía del cuenco. Sin ver.

Violeta sintió que su conexión se hacía más fuerte, sentía sus raíces, como su cuerpo empezaba a unirse a la tierra, como oía ruidos que jamás había oído. Nuevas sensaciones, nuevos olores, nuevos sabores. 

Sus cuatro sentidos se estaban desarrollando de manera asombrosa, estaban creciendo a una velocidad extremadamente rápida. Y su visión seguía estando tapada, no podía ver absolutamente nada, pero sabía que se estaba perdiendo, que iba desapareciendo.

La señora terminó su relato con esta frase: “Violeta, es por eso por lo que estábamos esperándote, tú decides, quedarte entre nosotros, o volver a tu vida anterior a esto.  Sabes el precio a pagar, pero también la recompensa que hallarás”

Hubo un largo silencio.

Violeta lo tuvo claro, se quitó la venda de los ojos, se puso de rodillas, llorando espero a que la mujer se acercara para abrazarla. 

Y allí fundidas en ese abrazo comenzó la vida infinita de Violeta.

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